Primeras veces

Llegó al aeropuerto. Había poca gente. La COVID 19 había dispersado el miedo en todo el mundo y el número de fallecidos crecía de manera espeluznante día a día así como las noticias inundaban las portadas de los periódicos, Con el periódico en la mano y una pequeña maleta, Elena cruzó el control de manera automática, que era exhaustivo, casi había que desnudarse para pasarlo, la chaqueta, los tacones, el cinturón… Cuando estaba pasando el arco pitó, le había tocado el registro aleatorio… Pensó qué era un rollo pero atendió a las indicaciones del guardia de seguridad que la situó a un lado y le pasó una tira por la ropa y sus objetos personales. Tras pasar el detector recogió sus cosas. Se puso la chaqueta, el cinturón y guardó la bolsa de aseo en la maleta y el portátil en la mochila.

Después buscó la pantalla de información de los vuelos y vio que iba puntual y que su avión, que todavía no había llegado, se situaría en la puerta 5. En esta nueva normalidad los vuelos se habían restringido a menos de la mitad, parecía que el vuelo iba en hora y aunque siempre iba con el tiempo ajustado, en esta ocasión había llegado con tiempo para tomar un café.

Se dirigió a la sala Vip pero estaba cerrada, así que caminó a la sala de espera que estaba casi vacía y se sentó en una fila donde a la otra punta había un chico que parecía un estudiante. Cogió su agenda y empezó a repasar el día y los temas tratados en las diferentes reuniones y se puso los cascos para escuchar un poco de música . La primera canción era la banda sonora de Memorias de África, y empezó a sentir que su corazón se derretía. Y sin pensarlo, su mente empezó a recordar las primeras veces con él. La primera vez que le vió, la primera vez que la había recogido en el aeropuerto, la primera vez que se habían tomado un café juntos, la primera vez que se habían reído, la primera vez que le había mirado de manera diferente, la primera vez que habían hablado por teléfono, la primera vez que había recibido un wasap suyo, la primera vez que habían visto el atardecer juntos, la primera cena, el primer paseo, el primer abrazo, y la primera vez que sintió que no quería que se acabará el tiempo porque eso significaba no verle en mucho tiempo. La música finalizó y la trajo a Elena al momento presente, se dio cuenta de que le encantaban esas primeras veces y que el recuerdo de esos momentos juntos le producía felicidad aunque se sentía un poco triste porque ya no sabía si le vería más.

Anunciaron que su vuelo se retrasaría en media hora, entonces sacó el libro que él la había prestado «Los Pilares de la Tierra», una edición de bolsillo, bastante manejable. La historia parecía que prometía, se desarrollaba en la Edad Media y trataba sobre la construcción de una catedral. Parecía interesante. Cuando abrió el libro encontró un sobre, se quedó un rato con él en la mano decidiendo si lo abría o no, pero al final la curiosidad fue más fuerte que el miedo y con cuidado despegó la solapa y sacó el papel que estaba perfectamente doblado por la mitad y empezó a leerlo. Elena le imaginó escribiendo la carta.

– Elena quería decirte que a veces siento que estamos conectados pero no me atrevo a mirarte a los ojos y decirte lo que pienso, sólo de imaginármelo me pongo a temblar. No sé si nos volveremos a ver, ya que soy consciente de que el proyecto en el que hemos trabajado juntos ya ha quedado cerrado. Siento tristeza de que haya llegado a su fin, pues cada vez que finalizaba una reunión, siempre pensaba en la siguiente vez que te vería. Siento que la vida nos ha regalado muchas primeras veces en este último año y que quizás sea la última vez que estemos juntos, aunque me entristece pensar en una despedida y en qué no volveré a verte más. Cada vez que estoy contigo no quiero que se acabe el tiempo. No sé si esto está en nuestras manos o en un capricho del destino pero espero que  tú también sientas esa conexión y que la vida nos regale muchas primeras veces. Gracias por estos momentos, Fran .La segunda hoja era un dibujo que había hecho él, del mar y dos palmeras con un sol que moría en el ocaso al atardecer, como si ellos fueran las dos palmeras que cada día estaban frente al mar contemplando el horizonte, una junta a la otra, inseparables en el espacio y en el tiempo.

Elena, guardó la carta con mucho cuidado. Tenía una emoción contenida. El vuelo a París tardó 2 horas y media. Era más de medianoche cuando llegó a Charles de Gaulle. Recogió la maleta y en un taxi llegó a su pequeño apartamento del barrio latino, esta vez el viaje de vuelta a casa había sido diferente y difícil, se había sentido sola.

Elena sacó el móvil de su bolso y escribió a Fran.
– Gracias Fran por tu carta y tu dibujo. Me han encantado. Espero que la vida nos siga regalando primera veces.
Y Fran le contestó
– Estoy seguro de que el tiempo nos concederá un primer baile quizás en París, quizás en Madrid.
Y Elena y Fran se fueron a dormir pensando en la primera carta.

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Primeras veces

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