Una escultura imperfecta

Le encontré abrazado a ella. De lejos, parecía que se había quedado dormido. Pero conforme me iba acercando me di cuenta de que su cara de color blanco azulado carecía de vida, sus arrugas marcaban su rostro y su expresión era de descanso y de tranquilidad.

Sus manos la rodeaban con la fuerza de sus últimos instantes.

Iba a hacerle una entrevista y me habían dicho que le encontraría en su taller donde pasaba largas horas del día. En el estudio, vivía sus días e incluso algunas noches. Era un escultor del que se conocía toda su obra pero prácticamente nada sobre su vida.

Cuando entré, vi la escena de una belleza insólita. Me quedé a la vez sorprendida y maravillada, parecía un fragmento de una historia de amor verdadero, él protegiéndola  y completamente entregado y ella como si fuera una parte de él. No podía distinguir sus límites y la ternura era indescriptible.

Hacía un par de años que le había conocido en la inauguración de una exposición sobre grandes titanes en Bilbao, su escultura del coloso gigante había dado la vuelta al mundo y tras varios intentos por visitar su taller en diferentes ocasiones fallidas,  hacía tan solo una semana que había recibido una carta de su puño y letra aceptando la entrevista. Estaba nerviosa y excitada, la noche de antes apenas había podido dormir, pensando en cómo sería el encuentro, si respondería a mis preguntas y en cómo podría escribir un buen reportaje sobre el artista desconocido.

Existía una gran curiosidad sobre aquel escultor asturiano al que llamaban el maestro del alma, porque conseguía que cada obra tuviera una grandiosidad inexplicable en la que existían atisbos de vida.

Pude acercarme y contemplarles más de cerca. Observé detenidamente la figura de mármol con detalle. Era una mujer con el rostro iluminado de facciones equilibradas, grandes ojos y una larga melena que le cubría la espalda, y tenía los brazos alrededor del escultor. Era una escultura desconocida, de una belleza sublime, cada pliegue, cada curva… que nunca había sido expuesta.

Pero ¿ qué razón tendría para no exponerla? ¿ La había guardado para él?

Quizás era su obra imperfecta, quizás quería modelarla hasta dedicarle su último suspiro de vida, quizás estaba enamorado de ella. Parecía de verdad,  de una verdad incuestionable.

¿ Qué secreto guardas? Me pregunté

Nadie podía responderme. El silencio más absoluto reinaba en el taller sin vida.

Fue la única pregunta de la entrevista, y sin respuesta y con mi libreta vacía, sólo con aquellas fotos del abrazo eterno salí del estudio para avisar del triste suceso. Después volví a la redacción para escribir mi artículo sobre la mujer inanimada del escultor del alma, con la sensación de que el misterio jamás se resolvería.

 

Foto: “El Abrazo”, obra de Josef Kunstmann. Publicada en “The Circle” No. 3, 1949.

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