Entrevista a Juan Luis Fernández “En el comunicar juntos emerge un mundo, nuestro mundo”

Profesión: Periodista, filósofo, historiador. Laboralmente,periodista.
Un lugar en el mundo: Viena.
Un libro: «Lenguaje y soledad», de Ernest Gellner.
Una película: My Fair Lady, de George Cukor.
Una canción: 
Beim schlafengehen, de Richard Strauss.
En redes sociales:
Twitter: solo para seguir liebres
Facebook: solo antiguos alumnos
LinkedIn: hay que estar, pero, ¿quién tiene tiempo para todo?
 Instagram: solo fotos que hago de árboles, flores y composiciones de paisaje; seguimiento de noticias aburridísimas y de museos de arte y arqueología, que me compensan de lo anterior. 

 

¿Cuál ha sido tu trayectoria?
Estudié periodismo en la  Universidad Complutense de Madrid y simultáneamente Filosofía en la UNED. Después realicé en la Universidad de Cantabria el doctorado en Historia. Trabajé en el periódico ALERTA entre 1985 y 1995, llegando a director. Luego, ocho años como director de Comunicación del Gobierno de Cantabria. En 2003, fiché como director de IC Comunicación, un gabinete incluido en el grupo C&C, que me ha posibilitado trabajar muchos años para la Universidad y con grandes grupos industriales como Saint-Gobain o Ferroatlántica, así como vivir desde dentro la transformación de Caja Cantabria a Liberbank, y la finalización del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla por Ferrovial. Estoy agradecido de trabajar con, y haber aprendido de, profesionales muy cualificados de todos estos sectores. 

¿De qué proyecto te sientes más orgulloso?De lo que permanece con valor público. Por ejemplo, de haber participado con el Presidente Martínez Sieso en la estrategia para las transferencias sanitarias de 2002 a Cantabria, en que se logró el mayor gasto por habitante y el compromiso del Estado de renovar por completo el Hospital Valdecilla. Naturalmente, de trabajar con Smart Hospital Cantabria para divulgar las ventajas de la colaboración público-privada en Valdecilla, que ha permitido tener hoy uno de los mejores hospitales de España. También de asesorar a la Universidad de Cantabria para que en 2009 lograse convertirse en uno de los nueve primeros Campus de Excelencia Internacional. Por citar otro más, el libro sobre el futuro industrial de Cantabria que hicimos con la Universidad y CEOE, bajo patrocinio del Banco Santander.

¿Cómo es un día de Juan Luis Fernández?
Arriba a las 7, en la oficina a las 8, desarrollar lo planificado y atender incidencias. A mediodía una pausa para comer (en casa, que es un privilegio), hablar con la familia y descansar un poco. Por la tarde sigo trabajando. Los fines de semana escribo mis artículos personales en prensa y practico un poco de piano. Lo demás, vida de familia y amistades cercanas. Cuando puedo, me escapo al Guggenheim o al Bellas Artes de Bilbao.

¿Qué es para ti la comunicación? 
Un misterio, decía Paul Ricoeur en una conferencia suya en Canadá, no muy conocida en España y horriblemente editada en Francia. A mí me gusta mucho la visión que tenía el filósofo español, catalán, barcelonés, exiliado y mexicanizado, Eduardo Nicol: la comunicación es el acontecimiento básico vital y cognitivo.

En el comunicar juntos emerge un mundo, nuestro mundo.

La filosofía dio la comunicación como hecho no misterioso hasta Descartes. Los signos no eran importantes, solo las ideas y las cosas que estas ideas representan o mimetizan. A esa conclusión había llegado Ockham en la escolástica final. Pero desde Descartes, fue un misterio cómo una conciencia individual se podía comunicar en absoluto. ¿Cómo salir del Yo Pienso? Había que presuponer armonías preestablecidas (Leibniz), un sujeto trascendental (Kant) o un Espíritu dialéctico exteriorizándose en comunidad cultural (Hegel). Pero era casi peor el remedio que la enfermedad: parecía todo brujería ilustrada. Son los pragmatistas norteamericanos y los vitalistas españoles los que han puesto el hecho comunicativo como algo primigenio, radical. Presumimos poco de ello. Los franceses y los alemanes se han enredado en la historicidad de la comunicación y han recaído en el idealismo o en el dislate, salvo los que se han americanizado. El español es vitalista.

También eres articulista de opinión en diferentes medios ¿Para qué medios escribes? 
Escribo en El Diario Montañés dos artículos semanales, uno de análisis largo los sábados y otro más breve los lunes. Estoy muy agradecido por sacarme de mi zona de confort “gabinetero”. Hago un pequeño seguimiento y en general existe desde el principio una buena sintonía con los lectores. Siempre hay alguien que manda un mensaje, o llama, o escribe a mi email, a veces incluso la carta en papel al diario.

Me he convertido en desayuno literario de miles de personas que espero disfruten, como yo,

con eso que Barthes llamaba “el placer del texto”, aparte de que estén más o menos de acuerdo con mis opiniones, que no tienen por qué.

¿Cómo te convertiste en periodista de opinión? 
Desde muy temprano. Cuando empecé me permitieron generosamente escribir columnas. He llegado a publicarlas incluso sobre campeonatos del mundo de ajedrez, que ahora ha vuelto a la moda con Gambito de Dama. He tenido siempre una tendencia al análisis. El análisis y la opinión son imprescindibles. ¿Qué haríamos, si no, con toda es lluvia de datos que recibimos cada día? Este periodismo es un ensayo de poner orden en tanto material suelto. El suceso es el suceso, pero ¿qué significa? Como decía Unamuno, una cosa es un suceso y otra un hecho. El suceso es lo puntual, el hecho es lo que ese suceso implica, una estructura reiterada. Luego lo explicó el historiador Fernand Braudel y se hizo célebre, pero el rector de Salamanca ya lo sabía mucho antes.

A nuestra vida intelectual le ha solido faltar un poco de marketing internacional.

El periodismo está sufriendo una profunda crisis … ¿A qué se debe esta crisis? ¿Cómo podría desde tu punto de vista superarse esta crisis? 
Había un famoso intérprete de jazz a quien le preguntaron una vez cuál era el futuro de esta música, y respondió: “Amigo mío, si yo supiera a dónde va a ir el jazz, yo ya estaría allí”. Cuando hablamos de crisis, es preciso describirla.

Por ejemplo, el periodismo por internet no está en crisis, hay muchos medios pequeños y algunos que se han hecho muy grandes, no solo los portales de los periódicos convencionales, sino cabeceras nuevas. Y los informativos de televisión no podemos considerar que estén en crisis, e incluso hay más documentales y debates de lo que solía ser habitual.

Tenemos también acceso a plataformas de canales de TV de pago que en parte son informativos, con documentales o con acceso a canales internacionales, como Euronews. Y en las regiones hay una oferta de televisión, por ejemplo en Cataluña, Andalucía, País Vasco, Galicia o Madrid. Por otro lado, las radios generalistas aguantan bastante bien y existen pequeñas emisoras locales que trasladan mucha información menuda.

Es decir, que cuando hablamos de crisis del periodismo seguramente estamos hablando de crisis del pliego de papel impreso con venta a quiosco o transporte a cliente final vía suscripciones. Me parece que a este Gutenberg de la mañana le queda solo una generación de consumidores, porque la siguiente es de nativos digitales y consumirán esos periódicos, pero en otros formatos. Quizá sí queden durante un tiempo las revistas, pero estas acabarán con el mismo destino, una vez se resuelva una portabilidad adecuada y una cobertura universal y barata del territorio. ¿Para qué vas a comprar la revista si la puedes leer en la tableta o el portátil o el móvil? Con lo que cuesta un producto en papel hoy se pueden comprar suscripciones a dos o tres productos informativos digitales. No será de la noche a la mañana, pero el papel irá menguando hasta niveles testimoniales.

Eso no significa la muerte del periódico, sino su transformación en una central de contenidos profesionalmente elaborados y contrastados. Lo que vendes no es el papel, sino el mensaje.

¿Es el periodista más necesario que nunca?
Mucho más. Antes solo tenía que eludir las desviaciones semánticas interesadas de poderes políticos, económicos o religiosos. Ahora tiene que eludir a tutti, porque con las redes cualquier hijo de vecino quiere dar una noticia y hacerse trending topic aunque sea una fake news. Fíjate, algo que fue siempre en la esencia del periodismo, el fact-checking, la comprobación de datos, se ha convertido en todo un género periodístico emergente.

La comunidad periodística, con su profesionalidad dentro de su pluralidad, es ahora un auténtico Ministerio de la Verdad.

El día en que se pueda administrar el liberalismo en pastillas, estará resuelto; hasta entonces, hay que vigilar.

¿Periodismo versus redes sociales? 
Acaba de demostrarse que unas fotos que se estaban difundiendo sobre el conflicto entre Etiopía y una región disidente eran en realidad imágenes manipuladas, procedentes de Rusia y de la guerra entre armenios y azeríes en Nagorno-Karabaj. Cogían la escena caucásica y luego con el Photoshop colocaban unos etíopes delante, y eso se hacía circular por redes.

Hay que educar a la gente para las redes y hay que reforzar el fact-checking de todo aquello que tenga relevancia informativa.

Ambas cosas son necesarias. Para ejemplo, el marcaje de las empresas de redes a Donald Trump para evitar que convenciera a los norteamericanos sobre un fraude electoral que no ha existido. Esa proactividad es necesaria, no solo borrar un post cuando se monta lío. Pero tampoco caer en la censura previa. En todo se necesita profesionalidad y buen juicio, sin ir de Guatemala a Guatepeor.

¿Por qué te dedicaste al estudio de la semiótica?
Mi tesis doctoral, que en parte se acaba de publicar como libro en 2020 (El Arsenal de Clío: el problema de la escritura de la historia en la cultura occidental, 1880-1990. Zaragoza: Genueve Ediciones) fue una investigación sobre la evolución de la escritura de la historia. Esto tocaba muchos campos, entre ellos la semiótica, así que tuve que recuperar mis referencias de la Facultad de Periodismo y de la de Filosofía. Profundicé mucho más en toda la lingüística, el estructuralismo y el post-estructuralismo francés: Saussure, Lévi-Strauss, Barthes, Greimas, Genette, Todorov, Bremond, Benveniste, Derrida, Foucault. También lógicamente en las corrientes hermenéuticas, como Gadamer o Ricoeur. Y la teoría americana de la literatura, con Northrop Frye, o Scholes y Kellogg; también la filosofía del lenguaje y de las ciencias humanas. Al final acabé en un congreso mundial de semiótica, hablando sobre Greimas a doscientos metros del pabellón del Zalgiris Kaunas, al que entonces entrenaba Jasikevicius.  Y luego fuimos a rendir homenaje a Greimas, que, aunque naturalizado francés, era lituano y está enterrado allí, en Petrasiunai, un cementerio que es un romántico bosque junto a una presa-lago del río Niemen, por donde cruzó Napoleón para invadir Rusia. (También los alemanes para exterminar a los judíos de Kaunas junto con los antisemitas lituanos, digámoslo todo). Fue muy emotivo, había antiguos alumnos de Greimas y un familiar. Se seleccionó la ponencia para los Proceedings y está publicada. Al año siguiente fui a Bucarest a otra conferencia de semiólogos, para hablar de la escritura de la historia. Pero mi tiempo para investigar y acudir a eventos es limitado, porque no soy profesor en una institución, sino comunicador en un mercado. Han sido, eso sí, experiencias muy positivas. Allí escuchas a Kalevi Kull, Paul Cobley, Goran Sonesson, Augusto Ponzio, Jacques Fontanille, Eric Landowski, Julieta Háidar o incluso la primatóloga Biruté Galdikas, que nos habló de la mirada del orangután. Es un aprendizaje inolvidable y fue una suerte que me invitaran a presentar papers allí. También descubrí la pintura simbolista de Ciurlonis en Kaunas y, en Bucarest, un retrato de Felipe V cuando le tocó el trono español: te das cuenta de que era solo un adolescente francés con peluca, y tuvo que afrontar una guerra civil de 14 años. Así que cuando conquistó Barcelona llevaba más de la mitad de su vida consciente guerreando y dijo: se acabó, fueros para mis amigos los vascos y, para todos los demás, la legislación castellana. Aún estamos lidiando con el niño de ese cuadro, a quien otro niño, Carlos II de Austria, había legado España. Yo no sé si en España la política ha salido alguna vez de la adolescencia. Daría para un libro.

¿Qué conexión tiene con el mundo de la comunicación?
Lo que se comunica son siempre signos, y por tanto la semiótica tendría que ser una asignatura de todos los años de la carrera. Y es que, aparte de los fundamentos filosóficos y teóricos, habría que enseñar cómo se aplica la semiótica a lo visual, a lo audiovisual, a lo escrito, a lo digital, a la escenografía, al paisaje urbano, a la moda.

Uno de los axiomas de Paul Watzlawick en Palo Alto era: One cannot not communicate. Porque todo comportamiento es una forma de comunicación.

Yo creo que cada periodista del siglo XXI necesita haber reflexionado sobre todo eso en su juventud formativa. No solo para dominar la retórica de la comunicación, sino para entender la raíz vital de todo ello, cómo cada tipo de significación es respuesta a un problema humano, social, vital. Creo que seríamos mejores periodistas si nos familiarizásemos más con disciplinas como la semiótica, la retórica y la antropología cultural. Es muy interesante desde la comunicación, el análisis que Aristóteles hace de la sociedad humana para explicar qué argumentos suelen persuadir y cuáles no.

¿Cómo ha cambiado la comunicación frente al Covid 19?
Por un lado, a mejor.

Ha habido mucho trabajo de infografías, para ofrecer un mensaje complejo de manera más sencilla y entendible.

Y de investigación, para comunicar el alcance real de la pandemia, por ejemplo, la cifra real de víctimas. Por otro lado, a peor. Ha habido un seguimiento un tanto sensacionalista, sin duda motivado por la magnitud del drama sanitario y económico. Hemos sido de los que peor hemos llevado esto en el mundo, en términos de infecciones y de fallecimientos. Es normal cierto sobrecogimiento. Afortunadamente se han evitado fotos escabrosas de la pandemia. Pero cuando en el futuro repasemos las hemerotecas, veremos que ha habido “estado mediático de alarma” también. Inevitable, acaso.

¿Con qué dificultades se encuentra actualmente la comunicación? 
Hemos de precisar de qué comunicación hablamos. Si hablamos de la mediática desde el punto de vista de la organización de su oferta, la dificultad es preservar un pluralismo. Siempre hay una cierta concentración del éxito, pero hay que poner unos límites para que nadie controle un mercado ni se lo reparta como un cochinillo segoviano. Ese es el principal problema de la comunicación social en toda Europa: garantizar pluralidad real y que circulen las ideas. Se preguntaba Umberto Eco con cierto humor si el público perjudica a la televisión, y es verdad cuando demanda productos de baja calidad; pero también la televisión puede perjudicar al público, así que hay que garantizar pluralidad y competencia, e incluso cofinanciarlo con dinero público, porque esa pluralidad es tan bien público como tener aeropuertos, ferrocarriles u hospitales.

¿O no es la libertad informada un bien absoluto en una sociedad avanzada?

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