Entrevista a José Cepeda “La construcción de la opinión pública es el pilar de cualquier democracia en el mundo.”

José Cepeda, portavoz adjunto de la Asamblea de Madrid es soñador, político y comunicador. Una entrevista sobre comunicación, política, tecnología y humanidad.

Profesión: Soñador
Un lugar en el mundo: El kilómetro 0
Un libro: “Comerciantes de atención” de Tim Wu, un análisis de cómo las personas economizan su atención en el mundo del exceso de la información.
Una película: Casablanca. Sé que es un clásico, pero yo es que soy un socialista clásico. El amor en tiempos de guerra. Incluso en tiempos convulsos siempre hay que dar una oportunidad a seguir luchando por utopías. Es una película en blanco y negro que sigue, aún hoy, mostrándote el color de los sentimientos más profundos del ser humano.
Una canción: `A Sense of Simmetry. Day 1´ de Ludovico Einaudi. Su piano es como entrar en un perfecto túnel del tiempo. Composiciones minimalistas que, lejos de estridencias, me ayudan diariamente a tomar decisiones.

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¿Cuál ha sido tu trayectoria?
Mi trayectoria vital comienza en Ciudad Real, donde transcurre mi primer año de vida hasta que mis padres se trasladan a Madrid, ubicándose aquí definitivamente.

Soy informático y periodista, Máster en Comunicación e Identidad Corporativa y actualmente estoy doctorando en Comunicación. Mi trabajo siempre ha estado ligado a la comunicación y a las nuevas tecnologías, tanto en mis responsabilidades políticas e institucionales como en las profesionales.

Me inicié muy joven en la política, de la que soy un auténtico apasionado porque creo firmemente que gracias a ella se pueden hacer realidad los sueños de los más desfavorecidos.

Sin política no serían posibles la educación y la sanidad universal, por poner dos ejemplos de lo fundamental que resulta para las personas más vulnerables el acceso a esos dos derechos esenciales. Sin política no sería posible el progreso global bajo el paraguas de valores humanistas que nos permitan alcanzar el objetivo de un desarrollo realmente sostenible.

Otra de mis pasiones en la docencia. En este momento soy profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, una de las universidades públicas más importantes del mundo. Hasta hace unos días he representado a nuestro país en el Consejo de Europa y actualmente soy portavoz de Asuntos Iberoamericanos en el Senado de España. Hace unas semanas mis compañeros han querido que sea su portavoz adjunto en la Asamblea de Madrid, una tarea apasionante que requiere mi máxima dedicación. Por todo ello, he decidido hace unos días renunciar a mis tareas en el Consejo de Europa, donde he dedicado los últimos años de mi vida pública.

¿Cómo es un día de José Cepeda? 
Me despierto a las 06:30. Antes de ir a correr me leo toda la prensa madrileña, que publica sus últimas ediciones con la información de Madrid entre las 04.30 y las 05:00. Por tanto, a esa hora ya está publicada, aunque ya sabemos que la información fluye en tiempo real durante el día. Pero me sigue gustando leer los periódicos a primera hora.

Consumo tele mientras desayuno y radio al ir al trabajo. Aunque las alertas y notificaciones de todos los medios que inundan la pantalla de mi teléfono gastan la batería de mi móvil en poco tiempo, tengo que estar siempre conectado. Empiezo a responder desde primera hora mensajes y doy los últimos retoques a la previsión de agenda diaria para acometer todos los compromisos parlamentarios e institucionales del día.

Me gusta estar al pie del cañón con los problemas que puedan surgir. Prefiero escuchar los problemas directamente, más que imaginar resolverlos desde un lejano despacho en el Senado. Entre reunión y reunión, teletipos e informaciones, intento centrarme ahora especialmente en Madrid, donde la situación se complica por momentos con un gobierno frágil que está más pendiente de sus tensiones internas que de la realidad que atenaza la vida de los madrileños.

 

¿Qué es para ti la comunicación?
La primera forma de expresión del ser humano. La voz de millones de personas en el mundo que no podían hablar y que hoy, con la digitalización de forma anónima o personalizada, tienen múltiples herramientas para hacerse oír.

Es una pasión que ha motivado intelectualmente mi trabajo diario y cotidiano. Un interés académico que cambia cada día con nuevas herramientas, nuevas investigaciones y deja en evidencia que la construcción de la opinión pública es el pilar de cualquier democracia en el mundo.

La comunicación, para mí, también es un arte. Comunicar no solo es informar verazmente. Es compartir conocimiento y valores que transciendan generaciones. Para mí, la comunicación no es algo fugaz. La información, si se queda solo en información, sí lo es, pero la comunicación en mayúsculas va más allá porque su verdadera utilidad forma parte de los derechos fundamentales del ser humano. Todos los ciudadanos tienen derecho a acceder a ella en condiciones de igualdad y eso supone también su derecho a expresarse libremente.

Como firme defensor e impulsor de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, creo firmemente en su desarrollo para facilitar a todas las personas el derecho al intercambio de información, al debate, al diálogo, a la participación.

Para mí la comunicación es un arte porque la entiendo con una finalidad estética al servicio de las ideas, de las emociones, de una visión del mundo a través de las palabras, de los sonidos, de las imágenes. Y siempre con el foco puesto en los ciudadanos.

¿Qué papel juega hoy en día la comunicación? ¿Qué valor aporta? ¿Con qué dificultades se encuentra? ¿Con qué oportunidades?
La comunicación hoy está compuesta por millones de emisores y millones de receptores. Cualquiera puede constituirse en un emisor. Los profesionales de la comunicación son sustituidos por opinadores coyunturales y la perversión de la información, esencia misma de una profesión, acaba convirtiéndose en un mero trámite donde periodistas de bajo nivel salarial se dedican a nutrir espacios webs, titulares o mensajes en Twitter en la selva del ruido.

Creo que somos poco corporativistas en nuestra profesión. No me gusta el exceso del corporativismo en ninguna profesión, pero sí la dignificación de quienes han invertido años y años en estudiar, formarse y ser útiles a sus sociedades. Hay muchos que dicen ser periodistas, pero no tienen ningún título ni ninguna formación.

¿Usted se dejaría operar por alguien que no fuera un titulado en medicina y cirugía? Pues a mí me gusta explicar a mis alumnos que deben luchar por dignificar su profesión y su trabajo, porque la información de calidad y los auténticos profesionales de la información no pueden ni deben permitir más intrusismo.

Cuando el valor de la información de calidad, la profesionalidad y el rigor de los medios se pervierte todo se convierte en un caldo de cultivo ideal para la desinformación, las noticias falsas y el populismo. Es el camino hacia la destrucción de nuestras democracias.

Enlazando con tu anterior pregunta, hoy en día, y creo que siempre, la comunicación ha jugado distintos papeles en función del objetivo. En principio se le supone objetividad, pero todos sabemos que pueden influir factores ideológicos, comerciales, etc., que utilizan la comunicación para distintos fines: desde simplemente informar y transmitir hasta educar, enseñar, entretener, formar opinión o, incluso, controlar. Algunos de estos aspectos no formarían parte, como es lógico, de mi concepto de comunicación como arte.

Pero la comunicación sigue jugando un papel fundamental para la vida de las personas, independientemente de su utilización. Mucho más, quizá, de lo que la mayoría de los ciudadanos es consciente. La comunicación posibilita que la información en forma de múltiples contenidos diferentes llegue de manera inmediata al último rincón del planeta. Ese es uno de sus valores fundamentales.  Como lo es también que faciliten las relaciones personales, porque no estamos hablando solo de medios de comunicación tradicionales y jerarquizados. Hablamos también de la horizontalidad que permiten las redes sociales y la comunicación en tiempo real, así como el papel que juega en el ámbito económico, que tiene mucho que ver con el marketing.

Pero no debemos olvidar, que la comunicación puede caer en manos de quienes tengan la tentación de segmentarla, seleccionarla, descontextualizarla o directamente manipularla para intereses propios.

Cuando hablamos de noticias falsas – fake news – es el mejor ejemplo de ello. Son capaces de generar auténticas cámaras de eco, utilizando la segmentación de los filtros de distribución o directamente de los algoritmos opacos para los usuarios que algunos sí supieron utilizar, incidiendo de manera peligrosísima en campañas electorales, como por ejemplo, con el caso de Cambridge Analytica.

Esa es una de las mayores dificultades con las que nos encontramos día a día. Otra de las amenazas sería la concentración de la comunicación en unas pocas manos. Afortunadamente, en este sentido, en nuestro país está salvaguardada la democracia porque contamos con una pluralidad de medios envidiable.

Aun con todas las dificultades, soy optimista y sigo creyendo, al menos en lo que a los medios tradicionales se refiere (prensa analógica y digital, radio y televisión), que los profesionales que forman parte de ellos tienen muy en mente que están al servicio de la verdad y, por extensión, de los ciudadanos.

La gran oportunidad de la comunicación hoy en día pasa por ser absolutamente creíble.

Y los profesionales deben ser conscientes de la importancia de la comunicación para garantizar la democracia.

¿Crees que ha cambiado la profesión de comunicación? ¿En qué?
Es evidente que la profesión ha cambiado, fundamentalmente en estos últimos 20 años. Ha cambiado, sustancialmente, la forma de comunicarnos. Hasta hace poco, los medios de comunicación utilizaban un solo formato. Ahora son totalmente híbridos. Prensa, radio y televisión usan varias plataformas al mismo tiempo. Los diarios, además de en papel, se leen en formato digital, utilizan el vídeo. Lo mismo ocurre con la radio, que utiliza la imagen además de la palabra, o la televisión, a través de sus múltiples plataformas. Todos ellos se apoyan en una cada vez mayor interactividad con los usuarios a través también de su presencia en las redes sociales, que hace 20 años no existían.

En consecuencia, la profesión de periodista y la de comunicador ha cambiado en función de su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos, que supone una revolución continua técnicamente por un lado y, por otro, la adaptación a la nueva realidad social, económica y política que supone también un replanteamiento de la influencia de la prensa, por ejemplo, como cuarto poder. Esto nos puede llevar a un cuestionamiento de ese poder y a un enfrentamiento entre redes sociales y medios, cosa muy poco deseable porque, me temo, el perdedor, en las circunstancias actuales, será el medio.

Por tanto, necesariamente, la profesión debe vencer algunas resistencias y potenciar al máximo su nivel de adaptación para no ver como un peligro y como un enemigo a unas nuevas tecnologías que, al fin y al cabo, deben ser sus aliadas porque suponen, entre otras cosas, una mayor facilidad para llegar a todo el mundo.

Esto conlleva, lógicamente, un mayor control social de nuestro trabajo y una mayor exposición al escrutinio de la opinión pública. Pero creo que quien no entienda los cambios radicales que ha experimentado la profesión, con sus múltiples ventajes y con algún inconveniente, está destinado a extinguirse.

¿Desde tu punto de vista, ha cambiado la comunicación política? ¿y la corporativa?  ¿Cuáles han sido los principales cambios?
La comunicación política, como la comunicación en general, ha experimentado también cambios significativos provocados por el impacto de las nuevas tecnologías, internet, las redes sociales y el nuevo escenario geoestratégico que vivimos de modo global. Tanto la comunicación política como la comunicación corporativa contemplan hoy, no solo la evolución de la figura del profesional de la comunicación, sino también la propia esencia de la existencia de la información

¿Cuánto dura una información? ¿Qué información se traslada? ¿Cómo se consume? La información hoy, como explica el profesor Juan Francisco Polo, es efímera. En un entorno digital tenemos acceso a ella inmediatamente, pero a golpe de titular, de tuit y es tremendamente fugaz.

Vivimos en el tiempo donde el ser humano economiza al máximo la atención sobre toda la información que consume, porque es tanta y tan diversa que en el fondo hablamos de seleccionar impactos entre millones de ellos. Es decir, es la batalla de selección de un individuo, de un item sobre millones. Todo lo demás es basura, ruido.

Todo ello nos lleva a la batalla de la descontextualización del todo. Nos convertimos en “superficiales”, como explica Nicholas Carr, y eso es un gran fracaso de nuestras sociedades en algo que me interesa especialmente: nuestro futuro y nuestro progreso como sociedad del conocimiento.

Me gusta explicar la evolución de la tecnología en nuestras sociedades y en nuestro planeta en los últimos años, en cuatro fases. La primera define a los individuos que tienen o no acceso a la sociedad de la información. Hace años que algunos veníamos haciendo discursos sobre la brecha digital como nueva forma de desigualdad que empezaba a darse en los países más avanzados, evaluando su nivel de desarrollo respecto a las infraestructuras de telecomunicación que ofrecían y quiénes tenían o no acceso a ellas. Hace años dimos superada la brecha con la llegada del 4G, pero con la crisis del COVID-19 hemos visto que sigue muy visible en muchas familias, en nuestro país sin ir más lejos.

La segunda fase para mí es la construcción de la sociedad de la información, el aprendizaje de la utilización, filtro y administración de tanta y tanta información que al estar conectados recibimos cotidianamente.

La tercera sería llegar a la sociedad del conocimiento, donde tras superar el ruido, utilizáramos como seres humanos toda la información de calidad para seleccionar lo mejor y compartirlo en cada área de conocimiento para avanzar en gustos, relaciones, estudios e investigaciones, impulsando auténticos sistemas redárquicos. Las redarquías del conocimiento, donde el orden no esté basado en la autoridad de una jerarquía piramidal, sino en el de las relaciones basadas en el conocimiento, las relaciones de participación, compartir inteligencia y los flujos de actividad que, de forma natural, generen nuevas redes de colaboración sin más filtro que el conocimiento del ser humano.

Y la última fase la defino como la sociedad de la imaginación, la culminación del ser humano, donde suma y multiplica el conocimiento de millones de años, de millones de personas en el mundo sin más limite que su imaginación. Todo el conocimiento de la humanidad a tu alcance para seguir soñando y avanzando hacia un lugar donde la imaginación sea tu único límite.

Muchos pensábamos que habíamos avanzado más, pero hoy las desigualdades generan auténticas brechas digitales.

Las infraestructuras están, pero acceder a ellas sigue siendo un lujo para millones de personas en el mundo e incluso en nuestros países, en la Europa del siglo XXI.

Por lo tanto, claro que todo va cambiando, pero millones de personas no pasan aún la primera fase y las que lo han superado siguen paralizadas en la sociedad de la información, aprendiendo a filtrar datos, ruido, basura.

Hoy solo una minoría trabaja en la sociedad del conocimiento y, en buena medida, solo desconectando de la realidad cotidiana. Esa otra realidad que afecta a la inmensa mayoría y que construye, opina y participa en democracia guiada más por la pasión y los sentimientos que por los datos y la información objetiva. Un espacio ideal para la aparición de la desinformación, la manipulación y el populismo, poniendo en riesgo nuestra convivencia y nuestras sociedades.

Pero quiero pensar en positivo, en las nuevas oportunidades y nuevos desafíos y, especialmente, en cómo todo ello ha supuesto un cambio para los medios de comunicación, para la publicidad, para las empresas, para las instituciones, para los partidos políticos y, por supuesto, para toda la sociedad. Por poner un ejemplo, la comunicación de crisis, tanto política como corporativa, ha supuesto un salto cualitativo en términos de transparencia.

La comunicación corporativa tanto en las empresas, como en los partidos políticos se ha convertido en un pilar estratégico. No basta, como he señalado antes, con informar. Ahora es necesario escuchar y tomar en consideración a las personas, poniéndolas en el centro del proceso de la comunicación, dentro y fuera de la organización.

No basta con lanzar una nota de prensa o un frío comunicado para resolver una crisis reputacional en un momento puntual. Debemos ir más allá. Debemos transmitir continuamente para generar confianza, utilizando la cercanía, la calidez, la persuasión para buscar la cogestión en todos los asuntos. Si la crisis viene propiciada por un error nuestro real, debemos admitirlo con humildad. Y si viene propiciada por intereses malintencionados, debemos responder con firmeza y contundencia sin caer nunca en la agresividad. Tanto en un caso como en otro, es fundamental comunicar con hechos y siempre con el lenguaje adecuado, pero si hemos trabajado con anterioridad nuestra reputación, partimos hacia nuestros stakeholders de un elemento que nos precede y rompe cualquier barrera: la confianza.

Y, obviamente, en cualquier caso, tanto en política como en cualquier corporación ganar la confianza de a quien diriges todos tus esfuerzos, a lo largo del tiempo, cada día, no es solo estratégico, es fundamental. Y para ello es básico saber compartir toda la información para tomar las decisiones adecuadas en cada momento. Hace algunos años se decía que “la información es poder”.

Hoy podemos afirmar que la información es poder solo si se comparte y hacemos copartícipes a todos los actores que forman parte de nuestra comunidad en una decisión global, compartida.

En definitiva, en una decisión de toda la sociedad a la que nos dirigimos.

La empresa de hoy no es solo del presidente del consejo de administración o del CEO, la empresa de hoy o es social o no será. Un espacio útil al servicio de la sociedad donde todos los actores, desde el staff de dirección hasta el último trabajador, desde los proveedores hasta los clientes, no solo conozcan nuestras marcas, sino que las sientan como propias en el entorno de un espacio único, exclusivo y referencial para ser realmente útil a las personas.

¿Cómo puede haber una UE conectada digitalmente?
El futuro de Europa es digital. Es un hecho incontestable. Ha habido avances significativos en los últimos años, fundamentalmente a raíz de la celebración en 2017 de los 60 años de los Tratados de Roma, que sirvió de marco precisamente para avanzar decididamente en los sectores de la informática de alto rendimiento, la movilidad conectada y la digitalización de la industria.

Aun así, aunque estamos en el buen camino, queda todavía un trecho que recorrer para conseguir una verdadera cooperación entre los Estados miembros de la UE con el objetivo de preparar mejor a nuestros ciudadanos y a nuestras empresas para aprovechar plenamente los beneficios de la transformación digital. Europa debe estar en la vanguardia mundial de la digitalización y la innovación.

Por eso es esencial ayudar a la industria europea a adaptarse a esta nueva realidad que tendrá necesariamente un impacto sobre el empleo y que requerirá de nuevas cualificaciones en el entorno de la transformación digital de la economía y de la sociedad en su conjunto.

De igual modo que los países de la UE han colaborado siempre entre sí para obtener beneficios económicos que llegaran a todos los ciudadanos, con el entorno digital debe pasar exactamente lo mismo. Debemos conectar a todas las personas, todos los lugares, pero siempre asegurándonos de que tendrá efectos positivos sobre nuestra economía, nuestra sociedad y, por supuesto, sobre todos los europeos.

Por poner un ejemplo práctico de la importantísima utilidad de la informática de alto rendimiento, solo tenemos que fijarnos en los superordenadores, que permiten, en el campo de la salud, diseñar nuevos medicamentos, proporcionar diagnósticos más rápidos y mejores tratamientos. O la toma de decisiones en el ámbito de la gestión de las ciudades: desde la electricidad hasta la distribución del agua o la planificación urbanística.

En este sentido, debemos avanzar hacia un modelo de Social Smart City. No basta con la Smart City a secas. Construir ciudades inteligentes y sostenibles con el foco puesto en el ciudadano debe implicar un verdadero impacto social empezando por contar realmente con las personas de forma más participativa. Hasta ahora, el ciudadano ha sido un beneficiario pasivo. No solo hay que garantizar la calidad de la gestión de los servicios públicos gracias a las TIC y la innovación. También es necesario que la Smart City dé soluciones a las necesidades más acuciantes de la ciudadanía.

Está muy bien y es muy necesario que optimicemos recursos energéticos, medioambientales, pero para el ciudadano que está desempleado son prioritarias otras necesidades. De ahí que debamos orientar la Smart City hacia una verdadera Social Smart City, sin dejar de lado, obviamente, la solución a los problemas urbanos y la promoción de un desarrollo sostenible e integrado que contribuya al desarrollo económico, ambiental y climático de nuestras ciudades.

¿El caso Cambridge Analytica supone un antes y un después en la comunicación?
Cambridge Analytica supone la visualización de cómo la ingeniería de datos también se puede poner al servicio de intereses perversos. Lo que al principio solo era una selección natural para ofrecer “los mejores” productos o informaciones a los millones de usuarios de una red social, Facebook, hoy sabemos que se convirtió en aquella brecha abierta en la seguridad que ha generado también una brecha en la confianza de sus usuarios.

Aunque tampoco nos engañemos. Millones de personas en el mundo aún desconocen qué tratamiento se hace hoy de sus gustos, sus estados de ánimo, sus aficiones, sus amigos, sus entornos, etc. En definitiva, de nuestros datos que, tratados de forma masiva, describen perfiles psicográficos de cada individuo capaces de dar a algunas empresas la fuerza de predecir, antes que nosotros mismos, nuestras acciones o nuestros deseos de compra o de decisión, en este caso de nuestra intención de voto.

Esta empresa, al igual que otras que hoy siguen trabajando en este campo, han puesto de manifiesto, fundamentalmente, la pérdida de privacidad de los ciudadanos. Han puesto de manifiesto la utilización de datos de personas, obtenidos sin su consentimiento, para manipularlas ideológicamente y controlarlas desde una agencia o desde cualquier institución, llegando a generar incluso una pérdida de confianza en las plataformas digitales y en nuestros gobiernos. Una pérdida de confianza en nuestros  propios sistema democráticos.

El uso de esos datos con fines políticos para influenciar en el referéndum del Brexit y en las elecciones presidenciales de Estados Unidos ha supuesto un antes y un después en la manera de abordar un problema global que pone en peligro nuestras democracias.

Ha sido necesario establecer medidas para actualizar nuestras reglas de competencia y proteger nuestros sistemas democráticos mediante la adaptación de las leyes electorales a la nueva realidad digital para evitar la manipulación electoral.

Quizá en el ámbito de la comunicación entendida desde los medios tradicionales, el caso Cambridge Analytica no ha influido de manera visible porque realmente no les ha afectado de forma directa. Simplemente su papel ha sido el de mero transmisores de la información que ha generado el propio caso.

Pero sí es cierto que, desde el punto de vista ciudadano, puede haber una peligrosa tendencia a meter en el mismo saco todos los orígenes de la información, provengan de donde provengan, sin tener en cuenta el medio. En ese sentido, sí puede haber un antes y un después en la comunicación con mayúsculas.

El ciudadano puede tener la percepción de que está siendo engañado y manipulado igualmente desde una red social o desde un medio de comunicación. Por eso es importantísimo que los medios sean creíbles.

¿Carisma versus legitimidad?
Yo no las contrapondría. De hecho, ambas pueden coexistir en una persona. Es más, diría que es deseable que convivan. No son excluyentes. El carisma es, al fin y al cabo, un proceso de comunicación emotiva que debe estar siempre acompañado por su correspondiente dosis de legitimidad, que debe ser del cien por cien.

Esto no quiere decir que exista carisma sin legitimidad. Claro que existe y ha existido a lo largo de la historia. Tenemos casos de líderes carismáticos ilegítimos en la piel de caudillos y dictadores. Y tenemos también casos de líderes carismáticos que han conquistado su legitimación por parte de la ciudadanía, aunque en algunos casos, hayan acabado perdiendo su legitimidad.

En todos los casos, el líder carismático seduce con su palabra, con su discurso y con su lenguaje corporal de forma emotiva.

Carisma y legitimidad son caras de una misma moneda, con la particularidad de que se puede tener carisma sin legitimidad y legitimidad sin carisma. Si confluyen ambas, nos encontraremos con un líder que tiene una base muy sólida para mantenerse en el poder democráticamente, siempre y cuando se mantenga el equilibrio entre las dos y en ningún caso el poder acabe basándose solamente en el carisma del líder. En este caso, la historia no suele acabar demasiado bien.

La noción de carisma de Max Weber, por poner un ejemplo, no existiría sin el reconocimiento social. Pero él no llegó a equiparar plenamente legitimidad y carisma. Siempre consideró al carisma solo como una forma de legitimidad. En mi humilde opinión, creo que fue un acierto de Weber no equiparar legitimidad y carisma, pero no comparto que el carisma sea una forma de legitimidad, aunque es cierto que sí es una vía para la legitimación, tal y como sucedió lamentablemente con Hitler.

¿Como autor del informe europeo «Social media: social threads or threats to human rights?«Informe Cepeda, ¿cuáles son los principales temas tratados en dicho informe?

El informe fue un arduo trabajo, tras más de año y medio en diferentes países del mundo, que versa fundamentalmente sobre los peligros que conlleva la desinformación en las redes sociales y cómo afectan realmente al funcionamiento de nuestras democracias y a los propios derechos humanos en la Red. Los derechos básicos de la ciudadanía vulnerados a través de la difusión de noticias falsas o claramente manipuladas.

El informe, aprobado por unanimidad, servirá de base legislativa sobre el respeto a los derechos humanos en internet para los 47 países y para los más de 850 millones de personas que hoy forman parte de esta institución, el Consejo de Europa.

Es esencial que las compañías propietarias de las redes sociales mejoren sus políticas internas para cumplir con mayor firmeza los derechos de libertad e información de todos los ciudadanos. Con el informe, he pretendido también hacer un llamamiento sobre la necesidad de proteger nuestros datos personales, cuestionando el modelo de negocio actual y preguntándonos si merece la pena ofrecer nuestros datos a cambio del servicio que nos ofrecen. El informe pretende, en este sentido, llegar a una solución viable mediante la reflexión entre todos, haciendo que los gobiernos, las empresas tecnológicas y también los usuarios comprendan y actúen ante una realidad que pone en riesgo su propia integridad.

¿Cuáles son los riesgos de la desinformación y del funcionamiento de las democracias?

La desinformación llega al usuario de las redes sociales por muchas vías, pero lo realmente preocupante es que esa desinformación nos está llegando gracias a algoritmos que han previsto nuestro comportamiento no solo de consumo, sino también ideológico, lo que es mucho más peligroso.

Además, esa recogida de datos personales no tiene el permiso del usuario. Y no solo eso: a las compañías les sale gratis. Ponemos a su disposición libremente millones de datos que tienen un valor enorme.

Las democracias están en peligro porque los populismos están utilizando la desinformación y la propagación de ideas extremistas basadas en sentimientos viscerales como un instrumento para cuestionar los principios fundamentales de los sistemas democráticos, basados esencialmente en la libertad, la igualdad y la solidaridad entre ciudadanos y territorios.

El ser humano tiende a interpretar la realidad que más le ayuda a confirmar sus creencias. Y es evidente que, cuanto más partidistas somos ideológicamente, más nos dejamos llevar por la desinformación, algo que, por supuesto, no estamos dispuestos a admitir, al menos públicamente. Esto es un problema, claro, porque ¿cómo se convence a alguien de que se ha creído un bulo si además se lo ha facilitado su mejor amigo? En primer lugar, ¿estaría dispuesto a que le demostraran que se trata de un bulo? Existen numerosas investigaciones que evidencian que es más sencillo consumir una mentira. Es más sencillo creer una mentira si reafirma tu idea. Si la verdad es contraria a tu forma de pensar no se consume y esto es un problema en la construcción de la opinión publica.

¿Cómo se puede luchar para combatir las fake news?
Es necesario, en primer lugar, legislar para garantizar que las informaciones sean veraces y objetivas. Y, en segundo lugar, soy un firme partidario de incentivar el factchecking como sistema para comprobar la veracidad de lo que circula en las redes. No se trata de limitar la libertad de expresión. Todo lo contrario. Con esto garantizamos la libertad de expresión haciendo frente a bulos que contaminan la comunicación.

Aun así, la manera más eficaz para luchar contra la desinformación es que no exista. Por eso es necesaria una legislación que proteja a los usuarios de las fake news. De este modo, no sería necesario convencer al receptor del bulo de la falta de veracidad de la información porque ese bulo nunca llegaría hasta él. Si las fake news y sus productores no pueden elaborar productos defectuosos que lleguen a los usuarios, no hay necesidad de convencerles de que se trata de una desinformación. ¿Pero cómo se limita una opinión? ¿Quién la limita? Es un amplio debate que, en algunos países sin democracia, tienen claro. En países democráticos, garantistas, donde la ley y los derechos son la base de nuestras sociedades, no es sencillo de resolver.

¿Cómo se pueden proteger los derechos humanos en Internet?
En primer lugar, hay que garantizar el acceso a internet como un derecho humano básico. Hay países que prohíben o impiden el acceso a Internet. Esto supone una violación de los derechos humanos. Y no basta con no prohibirlo. Es necesario que todos los países faciliten el acceso a la red de todos sus ciudadanos. Es esencial, entre otras cosas, para la consecución de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible. Facilita el acceso a la educación y acelera el progreso humano.

Y una vez habilitado ese acceso online, es fundamental que las personas disfruten de los mismos derechos que tienen offline. Hay países poco o nada democráticos que no están de acuerdo porque supone un peligro para su estabilidad no poder interrumpir el acceso a la información online, por ejemplo.

¿Cómo podemos, entonces, garantizar esos derechos? Pues, necesariamente, con legislación. Al menos, en el ámbito de la UE es más sencillo. En ámbitos extracomunitarios la cosa se complica. Rusia, China, Arabia Saudí, etc., dependen de resoluciones de la ONU o del Consejo de Europa por citar la institución en la que he trabajado estos últimos años que elaboramos informes que, no son de obligado cumplimiento. Difícilmente se pueden proteger los derechos humanos en la red cuando no se protegen fuera de ella y, además, no están obligados a cumplir con las resoluciones al respecto.

Aun así, para proteger esos derechos es necesario, en primer lugar, asegurar la libertad, la seguridad y la privacidad en Internet.

Hay que perseguir judicialmente todas las violaciones y abusos contra los usuarios y hay que promover la educación para las personas más vulnerables.

¿Qué opinión te merece la tasa Google?
Para empezar, quiero decir que no me gusta que a una tasa se le dé el nombre de una empresa. Antes hablábamos de reputación. ¿Es Google la única tecnológica sobre la que depende el debate fiscal que se ha planteado? Lo que se pretende con esta tasa es avanzar en nuestro país hacia un sistema fiscal más justo, progresivo y redistributivo adaptado a la nueva realidad económica y a los nuevos negocios derivados del mundo digital. Creo que es de justicia gravar con un 3% los ingresos que las multinacionales tecnológicas obtienen de los servicios online de publicidad dirigida, así como los servicios de intermediación y la venta de datos obtenidos a partir de la información que proporcionan los usuarios durante su actividad. Es importante, pero dentro de una armonización que debe marcar nuestro entorno comunitario de una forma más precisa.

Esta tasa denominada oficialmente como Impuesto sobre Determinados Servicios Digitales, gravará a aquellas empresas con ingresos anuales de, al menos, 750 millones de euros y con ingresos en España superiores a los 3 millones. En mi opinión es razonable porque, además, no hay discriminación en función de la nacionalidad o del tipo de empresa, garantiza que las pymes no paguen el impuesto y protege al sector de las `startups´. La sociedad en su conjunto se verá beneficiada con este impuesto que está en línea con la propuesta que hizo en su día la Comisión Europea.

Lo ideal, en cualquier caso, es que se logre un acuerdo internacional en el marco de la OCDE y el G20, y que las empresas tengan un tiempo razonable de adaptación para hacer frente al pago. Por eso la norma tiene un carácter transitorio hasta que se apruebe una normativa a nivel mundial o europeo. También es importante aclarar que quedan excluidas del impuesto la venta de bienes o servicios entre los usuarios en el marco online, así como las que se contraten a través de la web del proveedor de esos bienes o servicios, siempre que el proveedor no actúe como intermediario, claro.

Es cierto que nos hemos encontrado con las amenazas de EEUU a España, Francia, Italia y Reino Unido sobre represalias con nuevos aranceles, pero yo confío en que este tipo de chantaje no prospere.

¿Como comunicadores cómo podemos hacer que la comunicación sea más ética?
Soy un firme defensor, en su máxima extensión, de la aplicación de la responsabilidad social y de la ética profesional por parte del comunicador porque el comunicador es, en muchas ocasiones, un referente para los ciudadanos a la hora de formar sus propias ideas.

Hoy en día, gracias precisamente a la libertad con la que se publica y difunde la información, es especialmente peligrosa la proliferación de noticias tendenciosas que prevalecen sobre lo que debería ser la esencia del periodismo, que no es otra que la de colaborar para construir una sociedad mejor alejada de la desinformación y el amarillismo.

La profesión de comunicador es intrínsecamente idealista. Pretende que el ciudadano se forme una opinión propia y tome sus decisiones gracias a la objetividad y a la falta de manipulación de la información que les proporcionamos.

Por tanto, la ética en el ejercicio de la comunicación debe centrarse siempre en la manera de potenciar los criterios personales libremente, más allá de pretender convertirnos en líderes de opinión.

Por eso la ética va acompañada de responsabilidad social. No olvidemos que los medios de comunicación son empresas y se deben a su beneficio económico para existir y para crear empleo, pero tienen una característica peculiar: expresan ideas que se comparten públicamente. Por tanto, es muy importante que apliquen de manera responsable su poder de influencia para no caer en la tentación de ir más allá con tal de obtener réditos económicos y personales a costa de ciudadanos, empresas o gobiernos. La responsabilidad del comunicador depende de su credibilidad y nunca debería anteponer los intereses de la empresa o su propio narcisismo a la prestación ética de su servicio.

¿Cómo valoras la comunicación que ha realizado el Gobierno frente al Covid 19?
Para el Gobierno de España esta crisis provocada por la pandemia de Covid-19 ha supuesto una verdadera prueba de fuego sin precedentes en nuestro país, pero realmente ha sido una prueba de fuego para cualquier gobierno del mundo.

Yo creo, objetivamente, que la manera de afrontar la crisis del coronavirus, tanto en acciones como en comunicación, ha sido y está siendo la más adecuada teniendo en cuenta la enorme excepcionalidad de su naturaleza.  Por un lado, el presidente del Gobierno, con una gran dosis de liderazgo, ha mostrado seguridad, ha aportado soluciones y ha transmitido tranquilidad y confianza a los ciudadanos en una situación de gran incertidumbre. Y, por otro lado, creo firmemente que se ha rodeado de un gran equipo que no solo se ha dedicado a informar, sino que también ha sabido comunicar. Un buen ejemplo de ello, bajo mi punto de vista, ha sido la iniciativa de poner el foco en los trabajadores de la sanidad pública como los grandes protagonistas frente al virus.

El Gobierno no ha dejado nunca de comunicar, a pesar de la existencia de críticas acerca de la sobreexposición mediática del propio presidente, del ministro de Sanidad o del director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias. La crítica va a existir siempre que haya intereses partidistas por medio, pero es mucho mejor que se critique que el Gobierno está todo el día comunicando a que se critique que no hace nada al respecto. Y en este sentido, el presidente del Gobierno tomó las riendas desde el primer momento, con su presencia diaria y la de los más cualificados expertos.

Otro aspecto importante de la comunicación del Gobierno ha sido la transparencia y la actualización permanente de la información, hasta el punto de que ha habido también críticas por un exceso de transparencia que, con respecto a otros países menos `transparentes´ nos situaba en una situación numérica peor en cuanto a casuística. Pero yo sigo pensando que la información veraz y fiable es la mejor arma comunicativa para cualquier gobierno, a pesar de los bulos malintencionados que van a intentar destruirla.

También ha incidido muy positivamente en la comunicación tener un buen portavoz experto, en este caso un profesional epidemiólogo como Fernando Simón. Esto ha aportado mayor credibilidad y confianza entre los ciudadanos, sin duda. La clave de la buena gestión comunicativa del Gobierno ha sido saber transmitir tanto política como sanitariamente a través del presidente del Gobierno y el Ministro de Sanidad, por un lado, y a través del director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, por otro.

Y creo que ha sido también un acierto la gestión de las expectativas. Es positivo que los ciudadanos sepan que, si no se toman las medidas adecuadas por parte de todos, la crisis puede agravarse. Ese trabajo con responsabilidad y humildad por parte del Gobierno de España ha generado mucha confianza.

Un aspecto importantísimo de la comunicación del Gobierno ha sido transmitir la idea de unidad de todos para combatir al virus, siempre dejando claro quién era nuestro enemigo común que no eran líderes o partidos, sino el virus que nos ha atacado especialmente por nuestra forma de ser, por nuestra forma de convivir, cercana, familiar. Esa vulnerabilidad es, por otro lado, nuestra mayor fortaleza para vencer a la pandemia.

La aptitud y la actitud del Gobierno de España han quedado patentes, especialmente diferenciándolas notablemente de quienes han intentado utilizar esta desgracia global para intentar espuriamente sacar rédito político. Esta forma de hacer política debemos alejarla de nuestro marco ejemplar de actuación ante situaciones como la que estamos viviendo.

¿Cómo crees que la Covid va a cambiar la comunicación?
La situación actual provocada por la pandemia ha tenido y sigue teniendo un importante impacto en comunicación y en publicidad, tanto en las redes sociales como en los medios tradicionales. En el terreno de la publicidad, las empresas han intentado aprovechar, algunas con más éxito que otras, la coyuntura para promocionar su marca. Y en el campo de la comunicación los medios también han visto una oportunidad para estar más presentes en la mente de los ciudadanos. Nada de esto es criticable, por supuesto, porque en el caso de las empresas hay que destacar también su papel como servidores públicos en muchos casos y, en el caso de los medios, es una obviedad el trabajo arduo que han realizado durante la pandemia.

Otra cosa distinta es la propagación de información o publicidad no veraz con intereses exclusivamente económicos o malintencionados que, en algunos casos han creado alarma social o descrédito de instituciones. Aun así, creo que la pandemia, por sí misma, no va a cambiar la comunicación tal y como la entendemos hoy en día. Una pandemia, una guerra o una catástrofe natural no cambian sustancialmente la esencia de la comunicación, pero es cierto que siempre hay la tentación de explotar el miedo, el infortunio y el sufrimiento para aprovecharse económica o ideológicamente. Más que un cambio, yo veo ciertos comportamientos adaptados temporalmente a la situación. Cuanto más duradera sea, más peligro corremos de que se perpetúe en el tiempo y acabe suponiendo un cambio en la comunicación.

En todo caso, esperemos que ese cambio, si tiene que darse, sea para bien y ponga el foco mucho más en las personas tras la terrible experiencia que ha supuesto la pandemia. Otra cosa es el cambio que pueda suponer la digitalización masiva, necesaria en días o el demoledor impacto económico que afecta a los medios de comunicación.

El consumo de información se ha disparado en los últimos meses, sobre todo a través de la televisión y las redes sociales. Los ciudadanos utilizan los medios generalistas junto a los más especializados y fragmentados en las redes. Pero, por ejemplo, la publicidad se ha hundido y esto supone que las cadenas de televisión no puedan asumir los costos de una programación convencional.

Para las radios y la prensa es todavía más complicado. Los periódicos tradicionales tienen un panorama muy complicado, sobre todo en papel. Vamos a ver cómo evolucionan en próximas fechas la convergencia de algunos medios y las experiencias de pago por consumo que se han puesto en marcha en nuestro país que han dado diferentes resultados en otras grandes cabeceras en el mundo.

¿Cuál es tu cara B?
Mi cara B es la que complementa a la A. La cara A y la cara B son caras de la misma moneda o del mismo disco de vinilo, que ha vuelto a ponerse de moda.

La cara B suele identificarse con algo oculto, pero yo la identifico simplemente con el lado menos conocido de las personas, con su privacidad, con su intimidad, con algo que debemos preservar como un derecho inalienable de todas las personas.

Pero en mi caso, nada hay que ocultar. Creo humildemente que mi trabajo a lo largo del tiempo en una vocación como es la vida pública, la política -una de las actividades más nobles que el ser humano puede realizar, pensando en las personas para las que trabaja- tiene como ventaja que hay mucha gente que ya me conoce y saben cómo soy.

Soy simplemente un ciudadano más que hoy trabaja con pasión en un sueño personal, pero sobre todo en un sueño colectivo: cambiar Madrid.

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