El reloj de la torre

Todos los días subía y bajaba 150 escalones, ni uno más ni uno menos, hasta subir a lo más alto de la torre, donde se encontraba el origen del tiempo del mundo, un gran reloj que tenía escritas las veinticuatro horas en números romanos. Se hallaba en el centro de Cronos, el pueblo del tiempo dónde cada habitante trabajaba en construir los segundos, los minutos y las horas que movían la vida.
El reloj tenía tres guardianas protectoras: Nona, Décima y Aisa. Eran tres mujeres sabias de una belleza indescriptible y un aspecto atemporal… Decían de ellas que eran diosas inmortales que habían nacido con el reloj y que estaban conectadas con él por siempre.

Mi familia había sido generación tras generación la encargada de suministrar a las tres guardianas el material para que el reloj funcionara. Yo sólo había conocido a dos generaciones: a mi abuelo y a mi padre…Desde que tenía 7 años, que fue la primera vez que subí con mi padre, no había faltado ni un sólo día en atender el reloj .Subía cada día en una cesta las madejas de segundos, minutos y horas que producían el resto de habitantes, con las que luego las tres mujeres tejían el tiempo.

El reloj de la torre era perfecto siempre, sin un retraso, y sin un adelanto, siempre con la hora justa.La antesala del reloj estaba llena de relojes de todo el mundo que marcaban las horas locales y que estaban conectados con el gran reloj.
Vivíamos tranquilos en una rutina armoniosa, había sido así milenio tras milenio pero una noche hubo un terremoto en el que Cronos tembló y a la mañana siguiente el reloj empezó a comportarse de manera extraña y las guardianas se pusieron muy enfermas.

El reloj se había vuelto loco, y perdía su precisión exacta, en un instante se aceleraban sus agujas y pasada un día en 10 segundos y en un instante las agujas se congelaban y se paraba la vida durante un día sin que nada sucediese.

El mundo empezó a desajustarse, ya nadie sabía si era de día o era de noche , si a las 9 eran las 9 o las 12, o si era por la mañana o por la tarde. El reloj cada día se debilitaba más y el equilibrio del tiempo se desvanecía. El tiempo se había vuelto caprichoso e impredecible.Cada reloj del mundo, que estaba conectado con el reloj de la torre, sufría el mal del tiempo, así habían bautizado los expertos a la enfermedad del reloj que parecía inexplicable.

Nadie se explicaba qué estaba produciendo este caos vital. Médicos y relojeros de todos los rincones del mundo llegaron para tratar de curar a las guardianas y arreglar el reloj, sin éxito.

Los titulares de los periódicos más importantes llenaban cada día las portadas. El tiempo se ha vuelto loco, ¿ quién descifrará el mal del tiempo?, el caos que descontrola la vida….

Cada día la situación era más grave. Un día mientras subía me tropecé, me dio la sensación de que algo le había sucedido a la torre. Entonces al dejar el cesto, bajé las escaleras corriendo y me fui a buscar al arquitecto y al maestro constructor , a contarle lo que me había sucedido, cómo me había tropezado y cómo había tenido la sensación de que el suelo estaba inclinado

El arquitecto, el maestro constructor, y el topógrafo fueron a la torre y empezaron a realizar mediciones, y detectaron que la torre estaba inclinada 15 grados, y al parecer el terremoto había dañado las bases del edificio milenario,podía ser el motivo de que la pequeña inclinación produjera que el tiempo estuviera desajustado. Había que intentar recuperar el buen funcionamiento temporal del mundo y curar a las protectoras. No había tiempo que perder, y se pusieron manos a la obra. Estuvieron trabajando toda la noche en el proyecto y a la mañana siguiente todos los habitantes de la ciudad se pusieron a trabajar en la nueva cimentación para volver a establecer el equilibrio de la torre. Tras tres días sin parar, la torre estaba totalmente enderezada, y alineada con el sol como en el origen de su construcción.

Entonces sucedió, a las 12:00 del mediodía el reloj marcó la hora puntualmente; Nona, Décima y Aisa recuperaron su salud y el tiempo volvió a la normalidad haciendo que los días y las noches se sucedieran al ritmo de los movimientos de la tierra sobre su eje y alrededor del sol. Y yo continué durante todos los días de mi vida hasta la siguiente generación subiendo y bajando los 150 escalones con el cesto de segundos, minutos y horas para el reloj de la torre.

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