El hombre que se comió un reloj

Corría y corría a toda

prisa sin darse cuenta, vivía en una carrera permanente. Día tras día

consumía su tiempo

inconsciente con voracidad. Abrió y cerró los ojos y dejó atrás su infancia, en un suspiro. Tenía ganas de crecer…

Después en otro parpadeo pasó su adolescencia, y al siguiente era ya adulto y su vida había cogido tal velocidad que iba cuesta abajo y sin frenos. Se miró al espejo   vió que el color de su pelo era grisáceo y que las arrugas empezaban a cubrir su rostro. Era una versión de sí mismo en la que nunca pensó en convertirse. Entonces se dio cuenta de que el tiempo le estaba ganando la partida y quiso pararlo. Pero el reloj no se podía  ni parar,  ni retrasar, seguía moviendo sus agujas a un ritmo frenético.

Sintió tanta rabia que se tragó el reloj, lo engulló sin masticarlo.

Entonces los segundos empezaron a salir por su nariz y su boca, y podía ver como se desangraba,  a borbotones se escapaban las escenas de su vida. Quiso contener la hemorragia  con una toalla que alcanzó del armario del baño, pero era infrenable, las horas salían imparables unas detrás de otras de manera ordenada y veloces como un rayo

Por primera vez era consciente de que había consumido su tiempo, le dio un ataque de risa, de lo irónica que era la situación, y entonces cuando el último segundo se escapaba de su boca, estalló y desapareció.

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El hombre que se comió un reloj